Cultura

El Cuervo

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Escrito por Administrador

*Por Gustavo López

¡Dime cuál es tu nombre señorial

en las riberas de la noche plutónica!

El cuervo exclamó:

“¡Nunca más!”

Edgar Allan Poe

 

La pluma de oca entre sus dedos rígidos anuncia el bloqueo. La observa, la gira, gira, observa.

Tira la pluma sobre el escritorio. Toma una pequeña copa de cristal transparente. El diablo verde está en su interior, la consume de un trago. Se levanta, camina hacia la cocina, toma un cuchillo y regresa al escritorio. Se sienta.

Observa las velas que, entre papeles, plumas y tintas, arden en la profunda oscuridad de la habitación. Coloca el filo del cuchillo sobre una de las llamas. Lo calienta.

De una pequeña caja saca una diminuta piedra marrón, la pone sobre el filo del cuchillo incandescente. El humo empieza a brotar. Toma un papel, arma un largo cono, se lo coloca en los labios, lo acerca a la pequeña piedra, aspira profundo, se recuesta en el asiento. La cabeza cuelga del respaldo hacia atrás. La mirada fija en el techo comienza a ver las sombras que forman figuras. Levanta un brazo, mueve los dedos, crea imágenes que se proyectan. Sonríe.

El olor a opio en el lugar es intenso, se incorpora, sale del viaje de sombras, sirve otra copa, la llena de diablo verde, la toma de un gran trago. Se levanta, se acerca a la ventana, la abre. Una ráfaga de viento fresco inunda el lugar. Inhala profundo, siente cómo su cerebro se expande.

De pronto, un ave irrumpe de forma violenta, entra en la habitación y aletea sobre lo mas alto del techo. El señor E. se cubre la cabeza: “¡Oh, Dios mío, ¡qué tipo de demonio es ese!”.

El pájaro se posa sobre un busto de Palas Atenea, sobre un plinto al lado de la gran biblioteca.

El ave queda allí mirando fijo al señor E., con sus ojos rojos como dos rubíes.

—¡Sal de aquí!, pájaro de malagüero, ¡sal de aquí!

—Nunca más —responde.

El señor E. se paraliza. Con extrañeza, mira por toda la habitación, busca esa voz, una voz que no parece humana, una voz que suena sobrenatural.

Se toma la cabeza con las manos, mirando hacia el suelo, murmura: “Esto debe ser el efecto del opio con ese maldito diablo verde”.

Mira al pájaro:

—¿Fuiste tú?

Pregunta señalando con el dedo índice.

—Fuiste tú, sé que fuiste tú. Eres un enviado, vienes a llevarte mi alma, ¿verdad?

—Nunca más —responde.

El señor E. se acerca lento hacia el pájaro, abre bien los ojos y observa el maravilloso plumaje negro lustroso, la cola larga en forma de triángulo, su pico grueso y fuerte, cuatro dedos con grandes garras se aferran a la cabeza de Palas Atenea, sus ojos rojos lo miran.

—Muéstrame que me entiendes, pájaro del demonio, haz una señal.

El pájaro levanta su cola y una gran cantidad de heces cae sobre el magnífico busto.

—¡Maldito! —exclama con rabia el señor E.

Se abalanza contra el pájaro, tropieza, cae sobre el plinto, el busto se estrella contra el suelo, se quiebra. El ave majestuosa echa a volar, aletea por el techo de la habitación. Emite graznidos de auxilio.

—¡Oh! Mi Palas Atenea, ¡Oh!, qué has hecho. Maldito pajarraco del demonio te mataré.

Entre tumbos se dirige hacia el escritorio, toma el cuchillo.

—Ven, acércate maldito pajarraco, ven —amenaza el señor E.

El pájaro volando alto comienza a disparar heces.

El señor E. se cubre la cabeza, poco a poco se empieza a llenar de mierda, chorrea por su cabello, por sus manos, por su cara.

—¡Maldito, maldito! —exclama furioso.

Estira su brazo, levanta el cuchillo desafiante. Comienza a dar grandes saltos, trata de herir al pájaro que se escapa en cada ataque y dispara y dispara heces sin parar.

La habitación se transforma en un campo de guerra, cada ataque del señor E. al pájaro, lo lleva a romper objetos. Rasga cuadros de punta a punta con el afilado cuchillo. Saca libros de la gran biblioteca y se los arroja por los aires, chocan con su escritorio y arrastra los papeles de apuntes que vuelan. El pájaro ataca otra vez. En picada sobre el señor E. y con sus garras lo toma del pelo arañando su cuero cabelludo.

—Suéltame maldito, suéltame.

El señor E. resbala entre heces y cae al suelo.

—No me daré por vencido hasta desplumarte, te arrancaré los ojos de rubí y me los comeré. Con estas manos partiré tu cuello y lo retorceré hasta que no puedas pronunciar un solo sonido. ¡Maldito!

El pájaro se para en la ventana abierta.

De manera torpe el señor E. se levanta del suelo, con el cuchillo en la mano, lo mira con cara de ira: “Este es tu final”, le dice.

Toma impulso y se lanza hacia él.

Se tropieza contra el escritorio, resbala sobre papeles esparcidos en el suelo. Su cuerpo entre tumbos llega a la ventana. El pájaro vuela fuera de la habitación, el señor E. sin frenos ni control sale despedido cayendo tres pisos.

Se estrella contra la calle, su cabeza se abre, crea un gran charco de sangre… De pronto todo es silencio.

Se sienta aturdido, confuso, se toma la cabeza, mira su mano, no hay sangre. Se pone de pie, mira hacia el suelo y allí esta su cuerpo, tendido, con la cabeza partida por la mitad, los ojos fuera de sus órbitas, la boca abierta en un grito mudo. La sangre fluye y fluye sin detenerse.

El pájaro se posa sobre el pecho del cadáver. Observa el alma de pie, un alma confusa, difusa.

—¿Cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal? —pregunta el alma.

—Nunca más—dijo el cuervo.

*Sobre el autor

Gustavo López, poeta y escritor uruguayo, residente en Chile; ha publicado los poemarios “Palabras en juego”(E.E.U.U 2022); “ecos de pensamientos”
(Argentina 2023); “Intersecciones” (Chile 2024), sus poemas han sido publicados en varias antologías poéticas internacionales.
Colaboró como redactor y editor en revista de poesía digital AVPLA (México, 2023).
En el 2024 comienza a escribir cuentos.
En el 2025 algunos de sus cuentos aparecen en antologías en Argentina y Cuba.
Actualmente dedicado a la narrativa y participa como uno de los fundadores de Revista Despunte.

Sobre el autor

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