Cultura

La Biblioteca

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Escrito por Administrador

*Vartan Gómez

¡Tened cuidado con el Vâwgar!

El Vâwgar viene.

El Vâwgar come.

El Vâwgar se va.

En un suspiro,

El Vâwgar te Atacará.

¡No pienses en el Vâwgar!

Pensarlo es invocarlo.

¡No pienses en el Vâwgar!

O es en lo último…

En lo que pensarás.

Del “Daemonesmortis”

Zamira giró la llave, pero la puerta de la biblioteca no se abrió.

–¡Dejáme a mí! Pensé que sabías que esta puerta tiene sus secretos –dijo Carola apartando de un empujón a Zamira, que la miró con bronca, pero no le dijo nada.

–¿Y por qué no agarraste vos la llave, Carola? –le preguntó Maya con su típico y agresivo mal humor.

Carola la señaló con la mirada a Zamira y dijo:

–Porque esta se me adelantó.

–Esta tiene nombre, mamita –dijo Zamira ofendida.

Mientras, Pilar se miraba el decorado de las uñas que se había hecho el día anterior. Le fascinaba ver sus uñas con relieves de ositos brillantes, corazones de rojo intenso y estrellas doradas.

Carola giró la llave, empujó la puerta hacia afuera y después empujó para adentro y la puerta se abrió.

–¿Ya viste el truquito, “mamita”? –le dijo a Zamira de manera burlona.

Zamira le respondió con una mueca despectiva.

Maya se rio a su manera tan particular, con ronquiditos como de cerdo.

Pilar seguía admirando su inversión, ajena a todo, como siempre.

Zamira empujó a Carola y entró primero. Era la manera de vengarse de su compañera.

–¡Ay! ¡No seas bruta, tarada! –la insultó Carola enojada.

Maya volvió con su ronquido de cerdo. Las situaciones de violencia ajena siempre le causaban gracia. Salvo que la cosa fuera contra ella.

Carola entró. Maya también, pero miró a Pilar.

–Che, Pili, ¿querés pescarte un resfriado, boba? –la invitó Maya.

Pilar dejó de verse sus uñas y entró.

La biblioteca era grande. Estaba a oscuras.

–Pili, prendé la luz, que la tenés detrás tuyo –le señaló Carola.

Pili se dio vuelta y levantó el interruptor. Tras unos segundos de silencio, las luces se encendieron, primero titilantes, hasta que alcanzaron toda su potencia.

–¡Chau! ¡Sí que era grande el coso este! –exclamó Pilar al ver la inmensidad de la biblioteca en todo su esplendor.

–¿Nunca habías venido, Pili? –preguntó intrigada Zamira.

Pilar, sin mirarla, fijándose en los pasillos más lejanos, que seguían bastante a oscuras por las sombras de las estanterías, le dijo:

–¿Para qué voy a venir a una biblioteca?

–Por eso esta idiota se lleva hasta el recreo –observó Maya, riendo como cerdito.

–¡Calláte, cara de hipopótamo! –arremetió Pilar.

Zamira y Carola comenzaron a reírse a carcajadas.

Maya esta vez no hizo sus ronquiditos.

–¡Bueno, bueno, bueno, eh! –se quejó Maya.

–¿Por qué mejor no buscamos los libros de una vez y así volvemos al aula? –propuso Carola con mal humor.

–¿Quién quiere volver al aula? –dijo Pili sentándose en una de las sillas que tenía cerca, alrededor de una gran mesa con pequeños atriles de madera para apoyar libros –. Yo me quedo acá a re dormir.

–En esta la apoyo a Pili –dijo Maya ocupando otra de las sillas.

–¡Dale, loco! ¡Muévanse! –las retó Carola –. ¡No me pienso llevar Literatura por culpa de ustedes!

–En esta la apoyo a Carola –dijo Zamira, sintiéndose repugnada.

–¡Dejen ser felices a la gente, loco! –se quejó Maya levantándose con el ceño fruncido.

–Che, ¿y Mirlena? –preguntó Zamira sacando algunos libros de los estantes más cercanos.

–¿Y esa quién es? –preguntó Pilar, sin levantarse de la silla.

–La bibliotecaria, boba –le respondió Zamira.

–Creo que está enferma. Hace como un mes que no la veo –comentó Carola, que era quien más frecuentaba, por diversos motivos, la biblioteca.

Las chicas, menos Pilar, empezaron a buscar por las distintas estanterías los libros que la profesora les había pedido para hacer el trabajo práctico final.

Pilar había apoyado la cabeza entre los brazos y estaba intentando dormir. Entonces, escuchó un susurro cerca de ella. Primero, enarcó una ceja sin abrir los ojos, pero, al escuchar el susurro una vez más, se enderezó y empezó a buscar de dónde había venido ese sonido. Lo volvió a escuchar. Se paró y fue a una de las estanterías que estaba a oscuras, en el fondo de un pasillo. El susurro, una vez más. Miró para todos lados. Iba a preguntarle a las chicas si eran ellas, pero las veía muy concentradas intentando encontrar el material necesario.

Escuchó el susurro de nuevo. Se acercó al final del pasillo, casi contra la pared del fondo, y vio un enorme libro negro, separado del resto por un espacio importante. Estaba en el estante más alto. Tuvo que ponerse en puntas de pie para sacarlo. Lo miró. Era completamente negro, salvo por un título en letras doradas brillantes:

DAEMONESMORTIS.

–¿Daemomesmortis? ¿Y eso qué quiere decir?

Lo abrió. Empezó a pasar las hojas. Estaban todas en blanco. Siguió pasando las páginas y todas estaban en blanco. Lo cerró. Estaba a punto de dejarlo en su lugar cuando volvió a escuchar el susurro. Miró para todos lados. Susurro. El libro. Entonces volvió a abrir el libro en una página al azar.

Esta vez había un texto. Era como un poema. Pero estaba en una letra muy pálida, apenas legible. Pilar entrecerró los ojos.

–¿Y eso que es, Pili? –preguntó Zamira intrigada.

Pilar se sobresaltó.

–¡Me asustaste, tarada! –le gritó.

Maya y Carola llegaron hasta ella. Traian unos cuatro libros cada una.

–¿Ese es uno de los libros que pidió la profe, Pili? –preguntó Carola.

–Ni la más pálida idea. Ni siquiera sé qué libros hay que buscar.

Daemonesmortis –leyó Maya.

–¿Qué querrá decir? – preguntó Zamira.

–Se me hace parecido a “Demonios de la muerte” o algo así –sugirió Carola.

–¡Qué creepy, che! –dijo Maya mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Pilar les mostró la página que estaba viendo.

–Hasta recién, estaban todas las páginas en blanco, pero ahora vi que estaba este cuentito.

–Es un poema, Pili –la corrigió Zamira.

–La profe siempre se queja de que para nosotros son todos siempre “cuentitos”

–les recordó Carola.

–Che, no se lee nada –dijo Maya tratando de concentrar la mirada.

–Yo lo leo bien –dijo Zamira.

Las otras tres la miraron.

–¿Y qué dice? –preguntó Maya.

Zamira leyó:

¡Tened cuidado con el Vâwgar!

Justo en ese momento, las luces de la biblioteca titilaron.

–¿Qué es un “Vagugar”? ¿Un vago? –preguntó Maya con la piel de gallina.

Zamira siguió leyendo.

El Vâwgar viene. El Vâwgar come. El Vâwgar se va…

–Che, ¿hace un rato no escucharon un susurro? –preguntó Pilar, un poco tarde.

Maya y Carola dijeron que no. Las luces volvieron a titilar.

–Mejor no sigas leyendo, Zamira –la detuvo Carola –. Mejor vámonos. Dejá ese libro en su lugar, Pili.

–Che, ¡no puedo cerrar el libro! –dijo Pilar, haciendo fuerza para cerrarlo.

En un suspiro, el Vâwgar te atacará –siguió Zamira, ahora con una voz un tanto diferente –. ¡No pienses en el Vâwgar! Pensarlo es invocarlo.

Maya intentó ayudar a Pilar a cerrar el libro, pero, ni con todas sus fuerzas unidas, podían hacerlo.

–¡Te dije que dejaras de leer, Zamira! –le gritó Carola. En ese momento, Carola notó que los ojos de Zamira estaban completamente en blanco. Lanzó un grito de terror al escuchar el ruido de docenas de libros cayéndose de las estanterías al mismo tiempo.

–¡Cierren ese libro! ¡Ya! –gritó aterrada Carola, ayudando a las otras dos a intentar cerrarlo. El intento de seis manos era inútil.

Zamira ya ni siquiera estaba leyendo el libro, su mirada se perdía en un oscuro horizonte, su voz era cavernosa, casi masculina.

¡No pienses en el Vâwgar!

Las chicas gritaron. Pilar intentó soltar el libro, pero no podía. Sus dedos estaban pegados al Daemonesmortis.

–¡Calláte, Zamira! –gritó desesperada Maya, que intentó golpear a la chica en la cara. Su puñetazo chicó contra una barrera invisible antes de llegar a su objetivo. Todos sus huesos se quebraron. Maya aulló de dolor.

¡No pienses en el Vâwgar!

Pilar comenzó a sentir que sus manos le ardían como si se quemaran. Maya se tomaba su mano quebrada con la otra en medio de alaridos de agonía.

–¡Pará, Zamira! ¡PARÁ! –gritó Carola llorando mientras caía de rodillas al suelo, impotente.

Zamira empezó a levitar a centímetros del suelo, mientras sus ojos comenzaban a sangrar con un sangriento líquido verdoso. Su voz parecía ahora como una legión de demonios rugiendo furiosos listos para la batalla.

O es en lo último… –gorgoteaba mientras salía el mismo líquido verdoso de su garganta.

Pilar aullaba de dolor mientras sus uñas, tan trabajadas, se quebraban y caían al suelo. El libro comenzó a arder, literalmente, y las manos de la chica se envolvieron en llamas negras.

Maya lloraba de dolor, un insoportable dolor, mientras los huesos de todo su cuerpo se iban quebrando poco a poco.

Carola se había tapado la cara con las manos. Gritaba desaforadamente. Sentía una sensación tan horrible como si miles de hormigas le picaran todo el cuerpo al mismo tiempo.

Zamira extendió los brazos hacia los costados, formando una cruz con todo su cuerpo.

¡EN LO QUE PENSARÁS! –levantó la cabeza hacia arriba. Su cuello emitió el sonido de huesos crujiendo.

Zamira lanzó un chillido inhumano, ominoso, atávico.

Las luces se apagaron.

Sólo quedó el silencio.

Sólo quedó LA OSCURIDAD.

*Sobre el escritor

Hablemos de influencias. Dentro de las historias de horror, uno de los primeros acercamientos literarios vino de un cuento que me impactó de chico: “La piedra negra”, de Robert Howard, el mismo creador de Conan el Bárbaro. El cuento está compilado en Rostro de Calavera (Rostro de Calavera. Los mejores relatos de horror de Robert E. Howard, el creador de Conan, Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1987), donde aparecen varios relatos del escritor de Texas. No recuerdo si compré el libro porque me llamó la atención la portada (una mano cadavérica tocando una aldaba azul decorada con una calavera con ojos rojos y una serpiente amenazante) o porque ya conocía los cómics de Conan, el primero de mis héroes de ficción favoritos (más por las películas con Arnold Schwarzenegger y los cómics que por sus relatos literarios originales). “La Piedra Negra” es el tercer cuento de este libro, y, en su momento, me dio terror toda la descripción que se hacía de un culto primitivo de la Europa oriental, donde aparecía un monstruo horrible con forma de sapo gigante. La cosa daba terror por el realismo del relato, o sea, toda la narración tenía un gran contexto histórico, todo ficticio, obvio, pero le daba realismo al momento en el que el ritual prepara al lector para la aparición del ser sobrenatural. El narrador citaba un libro, Cultos sin nombre, de un tal Von Jutz, y le daba una biografía a ese autor. Ese fue mi primer contacto con el universo de Los Mitos de Cthulhu, muchísimos años antes de conocer al propio Howard Phillipe Lovecraft.  Libros malditos totalmente apócrifos, (siendo el Necronomicon lovecraftiano, el más mítico de todos ellos), una mitología de criaturas y monstruos cósmicos en conflicto eterno que siempre están al acecho, personajes que jamás terminan bien, desesperación, locura, angustia existencial. Todo eso fue la puerta que se abrió con la lectura de “La Piedra Negra”. ¡Gracias, Robert Howard! Me diste el primer vistazo tanto al horror cósmico como al primero de los héroes de mi infancia.

“La biblioteca”, es una manera de homenajear esas historias de horror sobrenatural, pero a mi manera. No tiene la grandeza del maestro de Providence ni fuerza de la del Maestro de Texas. Pero que sirva como tributo a los dos escritores que tantos placeres me dieron como lector. Y el Daemonesmortis es mi aporte a esa bibliografía apócrifa y maldita de larga tradición.

Nota al pie: volví a buscar mi viejo libro de Rostro de Calavera, y ahí me di cuenta que… ¡el prólogo es del propio H. P. Lovecraft! Justamente es la carta que escribió H.P. en homenaje a la pérdida de Howard. Así que sí, Lovecraft fue “la puerta de entrada” al universo del Horror Cósmico ¡¡¡y yo no lo sabía!!!

 

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