Cultura

Fiorella (Una pryma del universo 2)

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Escrito por Administrador

*Vartan Gómez

Fiorella Rosas terminó de cepillarse los dientes y salió del baño.
Era un día nublado y a media mañana tenía evaluación de biología.
No había estudiado. Había pasado toda la tarde anterior haciendo budines de varios gustos para vender. Además, venía bastante bien en la materia. Por la noche se dedicó a dibujar un poco, para no perder la costumbre.
Fiorella vio su cuaderno de dibujos tirado en el piso. Lo levantó. Miró el último dibujo sin terminar: era un círculo de hadas pequeñas y hermosas, parecidas a princesas de Disney, que se tomaban de las manos. Las hadas tenían alas de mariposa, alas de libélula, alas de luciérnagas. Cuando volviera del colegio pintaría el dibujo con colores pastel.
A Fiorella le encantaban las Hadas. A pesar de tener ya casi 16 años, todavía creía fervientemente en su existencia.
Y eso tenía un motivo concreto.
A los cuatro años, Fiorella había jugado con un Hada en la placita. Se lo contó a sus padres y a sus abuelos, pero ninguno le creyó.
A los seis vio una bandada de Hadas con alas de libélulas cruzar el cielo del atardecer. Se los señaló a sus tíos, pero no le creyeron.
Vio Hadas en jardines, plazas, y, hasta un par de veces, en el patio del colegio. Pero prefería sonreír antes de que la trataran de loquita. Ni siquiera sus compañeritos podían ver las Hadas.
Mal estaba el mundo si no creía ya en las Hadas. Ella lo haría para justifica al mundo.
La última Hada que vio fue cuando tenía poco más de diez años, en un shopping, volando libremente por el patio de comidas. Se dio cuenta que uno o dos niños también podían verla. Cruzaron miradas entre todos, se sonrieron, pero guardaron silencio. Fue la única vez que Fiorella no se sintió tan sola.
Desde ese día, ya no vio más a ninguna Hada, pero siguió creyendo en ellas, por más que todo el mundo afirmara que no existían.
Allá ellos, los incrédulos.
Fiorella buscó la ropa del colegio, comenzó a cambiarse, todavía medio dormida, y buscó los zapatos que se iba a poner. Se sentó en la cama y procedió a calzarse el zapato izquierdo. Se ató los cordones.
Cuando Fiorella quiso tomar el otro zapato, se dio cuenta de que no estaba.
–¿Y mi zapato? Juro que pensé que lo dejé acá –se dijo en un murmullo.
Miró alrededor de la cama. Nada
Miró sobre la cama. Nada.
Se agachó y se fijó debajo de la cama. Nada.
–¡Fiore! ¡Apuráte! ¡Vas a llegar tarde al colegio, nena! –le gritó su mamá desde la cocina–. ¿Cuántas faltas tenés ya?
–¿Ya voy, ma! ¡No encuentro mi zapato!
–¿¡Otra vez perdiendo las cosas!? ¡No perdés la cabeza porque la tenés pegada al cogote, piba!
Fiorella optó por no contestar. No era momento de pelearse con su madre. Quizás más tarde…
–¿Dónde está ese bendito zapato? –se quejó la chica haciendo un paneo rápido por toda la habitación.
–¿Estás buscando esto, princesita? –dijo de repente una voz que venía desde arriba.
Fiorella lanzó un grito de miedo y miró hacia el techo.
No había nadie.
Fiorella pensó en salir corriendo de la pieza.
Esa voz que había hablado era masculina y cavernosa.
Pero en la casa sólo estaban su mamá y ella.
De pronto, algo cayó desde el techo y golpeó fuerte contra el suelo.
Fiorella volvió a gritar.
¡Era su zapato perdido!
–¿Qué te pasó, Fiorella? –escuchó a su mamá otra vez desde la cocina–. ¿Por qué gritaste? ¿Estás bien?
Definitivamente, Fiorella estaba por salir corriendo de su pieza.
Entonces, la puerta se cerró de golpe.
–¡Ah, no, princesita! –volvió a decir esa voz masculina y cavernosa –. ¡No te me vas a escapar!
Fiorella quiso gritar, pero no salió ningún sonido de su garganta, como si alguien le hubiese robado la voz.
Entonces, Fiorella vio que otra cosa caía desde el techo, como si se materializara desde la nada. Cuando chocó con el piso, la cosa emitió un sonido explosivo.
Fiorella se arrinconó contra la pared, ya que la cosa estaba justo al lado de la puerta, impidiéndole el paso.
La cosa entonces se paró y…
Fiorella comenzó a reírse a carcajadas. Así se dio cuenta que había recuperado la voz.
–¿De qué te ries, mocosa? –dijo la cosa, ofendida.
–¡Pero si sos un duende! –reía Fiorella a carcajadas.
Frente a ella, había un robusto enano de unos cuarenta centímetros de altura, con una barba de color rojo ceniza, orejas largas y puntiagudas, una enorme nariz redonda y colorada, cejas pronunciadas y la piel como la de un ancianito de noventa años. Vestía una espacie de jardinera ocre, botas de cuero marrón y una camisa de color verde otoñal.
El duende enarcó una ceja.
El duende apenas le llegaba hasta la cintura a Fiorella, que se había olvidado del miedo por la risa estridente.
El duende chasqueó sus dedos.
La risa de Fiorella se acalló de repente.
–Princesita –dijo el duende–, no sabes de quién te estás burlando.
Fiorella negó con la cabeza. Y, cansada de no poder emitir ningún sonido, Fiorella hizo lo que más le pareció coherente.
Fiorella tomó impulso y avanzó contra el duende y, con todas las fuerzas que pudo reunir, le propinó una tremenda patada en la nariz.
El duende salió volando y chocó con la pared.
La puerta de su pieza se abrió de repente.
Fiorella salió corriendo de su habitación.
–¡Mamá! ¡Mamá! –gritó, mientras corría hacia la cocina.
Fiorella llegó a la cocina.
Se detuvo en seco.
Gritó.
Su madre estaba tirada en el suelo, en medio de un charco de sangre.
Fiorella se agachó sobre su madre y comenzó a zamarrearla. Vio entonces una enorme herida abierta en la parte de atrás de la cabeza de su madre. Vio también las marcas de la suela de su zapato alrededor de la herida.
–¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despertáte, por favor! ¡Mami!
Pero su madre seguía inerte.
Entonces, Fiorella sintió que dos manos pequeñas, pero muy fuertes y rugosas, la tomaban por el cuello y la jalaban hacia atrás.
Una voz cavernosa le susurró en el oído derecho:
–Princesita –le dijo el duende con una risa victoriosa –, te concedo que me hayas tomado por sorpresa, pero eso no va a pasar más.
El duende comenzó a reírse a carcajadas, victorioso.
Las manos apretaban con fuerza.
Fiorella intentó golpear la cara del duende con sus puños, pero el otro esquivaba cada golpe con facilidad. Cambió de estrategia, desesperada, y comenzó a clavar sus uñas con todas las fuerzas que podía reunir en las manos que la estaban ahorcando, pero esas pequeñas manos eran tan gruesas como la piedra, y la estaban apretando cada vez más y más fuerte.
–Mi Pueblo ha ganado su batalla contra las malditas Hadas –contó el duende, sonriente, sonrisa que a Fiorella le parecía aterradora –. La Guerra se extendió por milenios en tiempo humano. Pero las exterminamos a todas. ¡Y las hicimos sufrir! ¡Oh, sí! ¡Cómo las hicimos sufrir!
Unas lágrimas caían por las mejillas de la chica.
El duende prosiguió, apretando más fuerte todavía. Veía cómo la cara de Fiorella se estaba tornando morada.
–Aunque sabemos que existen idiotas que todavía creen en ellas.
Fiorella comenzaba a ver todo de color rojo, mientras la voz del duende comenzaba a escucharse cada vez más lejana.
–Como tú.
Fiorella ya había dejado de intentar librarse de las manos de su pequeño agresor.
La chica comenzó a ver todo oscureciéndose, como si el mundo se estuviera apagando.
–No vamos a permitir que las Hadas vuelvan, princesita.
Fiorella Rosas nunca escuchó la última palabra.

*Sobre el escritor

Duendes.
La Gente Pequeña.
Siempre me causó gracia la idea de los Duendes.
Tenemos a las Hadas, hermosas y protagonistas de muchas historias, en la gran mayoría de las veces aparecen como entidades buenas, o benefactoras, mejor dicho, aunque a veces pueden ser terribles y caprichosas. Si no, pregúntenle a “La Bella Durmiente”.


Tenemos a los Enanos, tan popularizados por cuentos como “Blancanieves y los Siete Enanitos”, así como tantos relatos populares que abundan por todos los rincones del planeta.
Y los Duendes. Europa está repleta de ellos, América no se queda atrás. El resto de mundo, tampoco.
Siempre me planteo cómo esos seres pueden llegar a ser tan graciosos como aterradores. No soy el único, ya que hay muchas películas que los toman como villanos, sino recordemos toda la saga de películas de “Leprechaun”.
No hay que irse muy lejos, ya que “El Pomberito” tiene una larga tradición en nuestra región y no son pocas las historias que lo tienen como protagonista.
Mi padre me contó una vez que, cuando era chico, allá en Empedrado, Corrientes, vio a un enanito en un montecino, en el campo, mientras mi viejo andaba cuidando a sus animales. No fue la única cosa extraña que vio mi viejo en su época juvenil. Imagino que de su lado heredé la parte más “fantasiosa” de mi vida.
“Fiorella”, a diferencia de la historia del Peregrino Sin Patria, que es un relato del Universo 14, o que los últimos tres cuentos, esa trilogía involuntaria del Universo 12, pertenece al Universo 2. En ese universo también suceden cosas extrañas. De hecho, hay versiones alternativas de “Geraldine” y “La Biblioteca”, que terminan de otra manera. Pero, en este universo. Los protagonistas son dos primos que resuelven casos misteriosos por un módico precio. Serían algo así como “mercenarios de lo sobrenatural”. Se hacen llamar “The Prymos”. De ahí que los relatos del Universo 2 se llamen “Prymas”.
El Universo 2 está lleno de cosas extrañas. “Fiorella” nos cuenta un caso muy particular. Y sí, en ese mundo, los Duendes están en la parte más alta de la cadena alimenticia.
No se rían de los Duendes. Al menos no de los del Universo 2. Pueden parecer graciosos… ¡PERO NO LO SON!

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