Cultura

Geraldine

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Escrito por Administrador

*Vartan Gómez

–Es la primera vez que te veo por acá, chiqui –dijo ella sentándose en la banqueta junto a él.
Paulo levantó su vaso con agua mineral sin gas, lo movió en círculos y se tomó el contenido que quedaba de un solo trago.
–¿Te comieron la lengua los ratones, chiqui? –preguntó ella.
Paulo bajó el vaso vacío y lo apoyó sobre la barra. La miró de arriba a abajo y observó que estaba vestida toda con ropa de jean, pantalón, camisa y campera, todos de tonalidad celeste. Era muy voluptuosa, pero de figura muy estilizada. Calzaba unas botas de cuero negro y metalizado. Era una chica muy hermosa. De piel pálida, sus mejillas rosadas contrastaban con la blancura de su rostro, un rostro muy bonito, con ojos de color verdes claro, muy brillantes y hermosos, los párpados pintados de verde pálido, labios de color rojo carmesí y un cabello largo hasta la mitad de la espalda, sedoso y rubio con mechones castaños.
–¿Sos tímido, chiqui? ¿Cómo te llamás? ¿O no me querés hablar porque te dan miedo las chicas lindas como yo? – arremetió nuevamente ella con descaro.
–Paulo. Y no. No me dan miedo las chicas hermosas como vos. En el grupo de la Iglesia tengo muchas amigas. Lo que pasa es que es muy raro que una chica tan bonita como vos se me acerque a hablar así de la nada.
La chica se rio con una carcajada encantadora.
–¡Me hiciste reír, chiqui! Las chicas se pierden de un gran comediante.
–¿Me estás llamando “payaso”?
–¡Ay! ¡Pero, qué sensible que sos, chiqui! ¡Nada que ver! No te lo tomés tan en serio. ¡Reite un poco, Paulito!
Paulo esbozó una sonrisa tímida.
–Ya ves por qué las chicas hermosas como vos no se me acercan a hablarme.
Ella apenas lo escuchó, lanzó una estridente carcajada.
–¡Sos lo más, chiqui! ¡Me muero! –y siguió riendo con su encanto tan particular.
La chica aprovechó y rodeó con su brazo izquierdo los hombros de Paulo, mientras se tocaba el pecho con la mano derecha y lo miraba fijamente.
–Me llegaste al corazón, chiqui –le dijo la chica.
Paulo la miró a los ojos quedó encantado. Ese brillo verde vidrioso tenía algo mágico e hipnótico.
–¿Me creés si te digo que sos la mujer más hermosa que vi en mi vida?
–Creer, no voy a creerte, pero el cumplido te lo acepto con ganas, Paulito.
–No me dijiste tu nombre.
–Es verdad. Soy Geraldine. ¿Te gusta mi nombre? –se acercó más a la cara de Paulo.
–Es un hermoso nombre. Digno de quien lo porta.
Paulo se ruborizó y comenzó a transpirar. Quizás ese cumplido hubiera sido demasiado exagerado. Quizás Geraldine no lo tomaría en serio ahora.
–¡Apa, chiqui! Me saliste todo un poeta.
Paulo se rio de forma tonta.
–Eso me dicen todas las chicas del grupo de la Iglesia, pero usan “poeta” en otro sentido. No sé, no entiendo. Siempre me dicen “sos muy poeta, Paulo” y se ríen a carcajadas, y a mí me da mucha bronca, pero no sé por qué.
Geraldine volvió a reírse.
Antes de que Paulo se diera cuenta, Geraldine se acerco y le dio un potente beso en la boca. Después se rio al ver la cara de estupefacción de Paulo.
–Me caíste bien, chiqui. ¿Querés conocerme mejor?
Paulo asintió sin decir una sola palabra.
Geraldine sonrió victoriosa.
–Vení conmigo, entonces. No te vas a arrepentir, chiqui.
Geraldine tomó a Paulo de la mano y lo arrastró con ella a lo largo del bar, cruzaron la puerta y se fueron al estacionamiento. Lo llevó hasta su auto. Paulo no decía nada.
Tomaron por la ruta.
La noche estaba nublada y fresca.
–¿A dónde vamos?
–A mi lugar secreto.
Paulo quería hablar, pero no podía decir nada. Había algo que le daba tranquilidad en la compañía de Geraldine, que manejaba en silencio.
En un m momento, Geraldine dejó la ruta y se metió en un camino de tierra, en dirección a quién sabe dónde.
Paulo no se preocupó ni le dio miedo. Confiaba en Geraldine.
Estacionaron a orillas de una laguna, que, a pesar de la noche nublada, estaba iluminada por miles de luciérnagas que revoloteaban en los alrededores.
El azul verdoso del lago era maravilloso.
Bajaron. Se sentaron en el capó del coche.
–Este es mi lugar secreto –le dijo Geraldine –. ¿Te gusta?
–Es hermoso. Y mágico –le contestó Paulo –. Como vos.
–Como yo –dijo Geraldine mirando al muchacho con sus ojos verdes brillantes, que ahora, lo notaba Paulo, eran mucho más brillantes que antes.
Geraldine se paró frente a Paulo, lo abrazó y lo beso con tanta fuerza que terminaron acostados en el capó del coche.
Paulo se dejó llevar por los encantos sensuales de la chica.
Por entre las nubes, se asomó la luna menguante.
Fue en ese momento que Paulo sintió, de repente, un intenso dolor en todo su cuerpo. Geraldine seguía besándolo con intensidad.
Demasiada intensidad.
Paulo intentó sacarse encima a Geraldine, pero todo su cuerpo ahora le ardía como si un fuego intenso lo quemara con voracidad. Gritaba de dolor, pero ese grito era ahogado por el beso de la chica, que cada vez lo apretaba más y más fuerte con sus brazos, estrangulándolo como si fueran poderosas serpientes constrictoras.
En un último esfuerzo desesperado, Paulo le clavó sus uñas en el cuello a Geraldine, y notó que ese cuello ahora era húmedo y lleno de estrías sinuosas.
Geraldine sintió el dolor de las múltiples punzadas y dejó de besarlo.
Entonces, Paulo vio el rostro de la chica. Toda la belleza que le había encantado ya no estaba. El rostro de Geraldine se había deformado. Sus ojos estaban más separados, eran más redondeados y el color verde seguía brillando, mucho más vidrioso y aterrador. La piel blanca había dado paso a una piel escamosa, de colores vibrantes y de tonalidades entre verdes y anaranjadas. La hermosa nariz respingada era ahora ancha y aplastada, con fosas nasales grandes y profundas. Las orejas casi habían desaparecido entre una maraña de cabellos serpentinos que se movían cada uno con voluntad propia, como si de un nido de víboras se tratara. Y la boca, aquellos labios hermosos y la perfecta dentadura blanca eran ahora una especie de círculo lleno de dientes puntiagudos, como la boca de una asquerosa lamprea.
Paulo quiso gritar, pero sus fuerzas se habían agotado al atacar a la chica.
Geraldine, o el engendro que aparentaba ser Geraldine, hizo una mueca que parecía ser una sonrisa, una sonrisa digna de la más ominosa pesadilla salida de lo más profundo del Averno.
Geraldine emitió un asqueroso chillido que ensordeció a Paulo.
Geraldine miró a Paulo una vez más con sus ojos verdes brillantes.
Paulo sólo logró derramar una lágrima de resignación.
Geraldine le dio un último beso…
Un beso en la garganta.
Un largo beso en el que Paulo perdió su sangre, su carne y su alma…
Las nubes volvieron a tapar la luna menguante.

*Sobre el autor

Walter Germán Gómez. Me gusta mi nombre, aunque tenga uno de los apellidos más comunes del castellano, al menos tiene ese toque germánico en cada una de las partes. Lo único germánico porque después las raíces vienen de los guaraníes de Corrientes y un eslabón perdido por parte de mi catamarqueño abuelo materno, quien nunca supo quién fue su padre, pero heredó piel blanca y ojos verdes, que transmitió a mi mamá y a mi hermana. Yo heredé la altura de parte de ese mi abuelo, el color de piel y de los ojos, te lo debo.


Originalmente, me iba a llamar Ariel Germán Gómez, siendo el Ariel elección de mi madre, pero como a mi papá no le gustaba ese nombre porque le recordaba al periodista Ariel Delgado, quien no le agradaba, eligió el de Walter. Y se lo agradezco, porque sino iba a tener el mismo nombre que La Sirenita de Disney. Así que terminé con el nombre de Walter Gómez. Por mucho tiempo me preguntaron si era en homenaje al jugador de fútbol. Yo no entendía nada. Después supe que era un jugador de fútbol uruguayo que se hizo muy famoso en River. Lástima, cuando me gustó el fútbol siempre fui de Boca, el azul y amarillo son colores que me agradan más que el blanco y rojo.
Esa fue la primera evidencia de que Walter Gómez no era un nombre tan único como pensaba. Bueno, la cosa se complicó en años más recientes, cuando descubrí que había dos dibujantes que se llaman igual: Walter “Wally” Gómez, de Estudio Blasón, y Walter Gustavo Gómez, dibujante de historietas. Con este último comparto hasta las siglas. Y no sólo eso, sino que otro dibujante más, Walter G. González (no sé cuál es el segundo nombre, pero empieza también con G), firma sus dibujos como WGG, o sea, que tampoco puedo usar mis siglas como firma para diferenciarme. Así que opté por lo más justo y me inventé un pseudónimo. Una vez, cuando era mucho más joven, me compré un libro de nombres para bebés, y en el apartado de los nombres menos frecuentes, me gustó el de Vartan. Así que bueno, ese nombre, que era el que iba a usar como “self insert” para algunas de mis sagas, terminó por volverse mi nombre oficial como escritor.
Igual me gusta cómo suena Vartan Gómez. Es un nombre épico. No como yo.
Es lo que hay.

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