Cultura

Un brillo en la oscuridad

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Escrito por Administrador

*Aldana Soledad Latella

Adriana intentaba arreglar lo que había dicho. No la quise escuchar. Me crucé de brazos y seguí mirando hacia afuera. Solo podía ver árboles negros y oscuridad. Ni una estrella en el cielo.

Tantos años de amistad habían comenzado a afectarnos. El desgaste de nuestras conversaciones y el poco tiempo juntas era una prueba de ello. Sin embargo, habíamos organizado este viaje hace un año, antes de las peleas.

— ¿En serio me vas a ignorar? Ni siquiera llegamos al departamento y ya estás enojada. —me miró esperando a que le responda, pero no lo hice— Sabés que te digo las cosas porque me preocupo por vos, ¿no?
— No quiero que te preocupes por mí.
— Malena, no me podés pedir que no me preocupe —la escuche apretar el volante— soy tu amiga.

Pensé que me iba a decir algo más, pero no lo hizo. Mejor.

Solo iba a ser una semana en la Costa, solo eso. Después, no tendríamos que volver a hablar nunca más.

En algún momento del viaje me dormí. Me di cuenta porque cuando Adriana me despertó estaba re molesta y me llamó “mala acompañante”. Encima que tengo que aguantar sus comentarios de mierda sobre Santiago, no quiere que me duerma.

Me bajé del auto y cerré la puerta con fuerza, demostrándole que la siesta no me había curado el mal humor. La vi hablando con la vieja que nos alquilaba el departamento.

Entré. Lo primero que hice fue poner a cargar el teléfono. Se había quedado sin batería hacía dos horas, tiempo suficiente para que Santi se enoje conmigo. No quería eso. Abrí el bolso y saqué el cargador. Lo enchufé al lado del horno eléctrico. Adriana dejó de hablar con la señora y pasó caminando atrás mío.

Dejé el teléfono apoyado en una silla y llevé el bolso a la pieza.

Cerré la puerta. Me di cuenta que tenía la llave puesta. Me reí. Pensé que podía dejar a Adriana afuera mientras yo dormía tranquila. La vi acostada en una cama embobada con el celu. Tiré el bolso en la cama que me había dejado libre y empecé a guardar las cosas en el mueblecito que estaba al lado de la ventana.

— ¿A esta hora te vas a poner a hacer eso Malena? Es re tarde.
— Disculpame pero no tengo ni idea qué hora es. Se me apagó el teléfono y en tu auto de morondanga no lo pude cargar.
— Se te apagó por estar hablando con el nabo ese, seguro.

Otra vez lo mismo, me tenía harta. Desde que apareció Santi en mi vida, Adriana se volvió insoportable. Siempre dice cosas horribles de él. Dice que es re toxico conmigo, que debería dejarlo, que no me deja salir a ningún lado… siempre tiene algo para decir. Santi no es malo. Estoy segura que ella está celosa. Tiene veinticinco años y nunca tuvo novio. A mí también me daría envidia. Santi piensa lo mismo que yo.

Me cambié la ropa por una más cómoda y fui a revisar mi celular. Me di cuenta que tenía sesenta y tres mensajes y veinte llamadas perdidas. No pude evitar sonreír, él siempre se preocupa por mí.

Me senté en la silla y le mandé un mensaje.

Hola amor. Perdón, me quede sin batería. Recién llegamos.

Me contestó al segundo.

Ah, buenísimo, contestame cuando quieras. Te llamé un montón de veces, preocupado, y vos como si nada. Me podrías haber avisado que tenías poca batería. Pero bueno, si para vos es normal dejarme colgado así, ya fue Malena.

Perdón amor. No me había dado cuenta que tenía poca batería. No quería que te enojes ni que te preocupes. Apenas pude lo puse a cargar y te escribí. No va a pasar otra vez, en serio.

Bueno, está bien. Pero fijate, Male. Yo me preocupo porque me importás, ¿Entendés? No me gusta quedarme pensando cualquier cosa. Quiero que me tengas en cuenta. No te digo nada más, porque si no la regalada de tu amiga te empieza a meter ideas en la cabeza.

No amor. Nadie me mete ideas. Yo te cuento lo que ella dice porque es mi amiga, nada más. Perdón si te hice enojar, no quiero que pienses cosas feas.

Está bien, pero cuida con quien hablás. Sabés que no me gusta que salgas con ella. Algunas personas no quieren lo mejor para vos.

Amor, solo vine porque ya había pagado el viaje, si no, no venía. Te juro que solo fue por eso.

No quiero que te juntes con personas que no te suman.

Está bien. Después de esto no hablo más con ella. No quiero que peleemos, te amo.

No volvió a contestar. Me fijé la hora y me di cuenta que eran casi las cuatro de la mañana. Desenchufé el teléfono y lo llevé conmigo a la cama.

Los primeros tres días con Adriana fueron un suplicio. Hablamos poco y nada. Noté que intentaba volver a entablar una buena relación, pero cuando pensaba en volver a darle otra oportunidad, ella me sugería terminar con Santiago. Yo lo llamaba cada vez que eso pasaba. Yo a él se lo cuento todo.

El cuarto día, estábamos juntas en la playa. Ella leía un libro. Me fui a comprar unas bolitas de fraile. Me senté a su lado y le ofrecí una. Me miró con extrañeza, pero terminó por aceptarla. Dejó el libro arriba de la heladerita y se sentó, mirando como las demás personas comenzaban a levantarse para irse. Estaba por llover.

— No quiero que dejemos de ser amigas Malena.
— Yo tampoco — No sabía si quería que dejemos de ser amigas.
— Sé que no te gusta cuando te sugiero que termines con él, pero, Malena, entendeme —me miró a los ojos. Yo no pude sostenerle la mirada, no sé por qué— Ese chabón te está consumiendo. Te alejaste de todos solo por él. ¿Hace cuánto que no vas a visitar a tu mama?, ¿Hace cuánto que no vas a visitar a tu mejor amigo?
— Valentín tenía segundas intenciones conmigo.

Negó con la cabeza y se metió a la boca un pedazo de la bolita de fraile.

— ¿Y quién te dijo eso?, ¿Santiago?
— Sí.
— Malena, Valentín empezó a salir con un tipo hace un mes.
Dejé de mirar la arena y la miré a los ojos.
— Eso no puede ser. Valen se quería acostar conmigo. Me llevó a su casa cuando estaba borracha en vez de llevarme a la mía.
— ¿Cómo te va a llevar a tu casa sabiendo que Santiago va a estar ahí? Todos sabemos cómo es él. Vos sos la única que no se da cuenta.
— Ustedes no lo conocen —dejé la bolsa en la toalla y me puse de pie— Vos solo estás celosa.

Ella se quedó pasmada, como si no creyera lo que le estaba escuchando. Después se rió.

— ¿Yo?, ¿Celosa de vos?
— Sí, estás celosa porque yo tengo novio. Como a vos no te da bola nadie seguro te querés levantar a Santiago.

Se levantó y volvió a reírse en mi cara.

— Sos increíble Malena, de verdad. Y yo tratando de ser buena amiga. No puedo creer que pienses eso de mí —comenzó a levantar sus cosas, agarró su toalla y el libro y los guardó en su bolso. Con la mano libre agarró la heladerita. —De verdad, siento que ya no te conozco —iba a decirle algo, hasta que vi que se había puesto a llorar— Me duele verte así y no poder hacer nada.

Después de decir eso, se fue al auto.

Comenzó a llover.

Al quinto día, ya no hablamos para nada. Adriana dejó de intentar acercarse a mí. Yo tampoco me esforcé en hacerlo. La imagen de mi amiga llorando no se iba de mi cabeza. En los trece años de amistad que llevábamos jamás la había visto llorar. Me hacía dudar, no sabía qué pensar.

Le mande mensaje a Santiago.

Amor, ¿Podemos hablar?

Vio el mensaje al instante.

¿Qué pasa?

Me acosté en la cama y me acurruqué contra la pared. Si Adriana entraba, no quería que supiera que hablaba acerca de ella con Santi.

Ayer Adriana se puso a llorar. Ella piensa que no sos bueno para mí. No sé, tal vez solo necesita conocerte mejor. Pensé que, tal vez, podemos vernos los tres y hablar.

Lo vio. No me contestó.

No quiero alejarme de ella, amor. La quiero.

Era el último día. Esa misma noche teníamos que entregarle las llaves a la casera y volver a casa. Adriana había ordenado su lado de la pieza y había guardado todo en el bolso. En cambio yo estaba hecha un manojo de nervios. No me había levantado de la cama desde el último mensaje que le mandé a Santiago.

Le mande un último mensaje.

Amor, por favor, contestame, hablame, decime qué te pasa. No quería que te enojes conmigo.

Nada.

Me hacía mal que no me hablara. En ese tiempo, me di cuenta de que, si él no me hablaba, nadie más lo hacía. Mi teléfono había estado en silencio durante dos días.

Adriana notó lo que me pasaba. Sin decirme nada, me trajo unas galletitas y una chocolatada y me las dejó en la mesita de noche. Después me dejo sola.

Dos horas antes de irnos ya había guardado todo. Hasta el teléfono. Salí de la habitación y me encontré con mi amiga. Ella estaba sentada en la mesa del comedor leyendo su libro con el bolso colgado en su silla, lista para irse. Me senté frente a ella. Al principio no levantó la vista, pero como yo no le decía nada, me miró.

— ¿Qué pasa?
— Nada, es solo que… Santiago no me habla desde el viernes.
Ella arqueo una ceja.
— Y…no sé, es raro que no me hable durante tanto tiempo.
— ¿Se enojó?
— Creo que sí, no sé. Es que le dije algo que él no quería que dijera.
— ¿Qué le dijiste?

La miré a los ojos y comencé a lagrimear. A diferencia de ella, yo siempre había sido muy llorona.

— Le dije que no quería dejar de ser tu amiga.

Adriana me miró sorprendida. Me agarró la mano. Hace mucho que no nos agarrábamos la mano. Me hizo acordar a cuando nos conocimos, que caminábamos por los recreos del colegio agarradas. O cuando jugábamos en la plaza y nos tomábamos de las manos para que las hamacas fueran al mismo nivel. Empecé a llorar y ella abrió la boca para decirme algo.

Antes que pudiera hacerlo, se cortó la luz.

Nos miramos en la oscuridad, desconcertadas. De pronto, un fuerte golpe se escuchó en la puerta. Alguien estaba intentando entrar.

Adriana se apresuró a atascar la puerta. Corrimos hacia la pieza. Me lanzó hacia la oscuridad y cerró la puerta asegurándola con la llave.

Después se acercó a mí, en el piso, y me abrazó.

— ¿Qué está pasando, alguien se metió a robar? —le pregunté.
— No sé.

Escuchamos con horror como la puerta de la cocina se venía abajo de un golpe. Alguien había entrado.

Miré a mi amiga y la abracé con fuerza. En la oscuridad, sentí sus cachetes llenos de lágrimas.

— Malena, tengo miedo.
— Yo también.

Me agarró la mano con fuerza, entrelazó sus dedos con los míos.

— No hay nada que me haya hecho más feliz en el mundo que ser tu amiga, Male.

Golpearon la puerta de la habitación. La patearon.

— Perdoname Adri, te amo.
— Yo también te amo Male.

El hombre rompió la puerta de la habitación. Ambas gritamos y vimos con horror un brillo metálico en su mano.

Se acercó a nosotras con paso firme. El piso retumbó.

Una débil luz entró por la ventana. Lo vi. Era él.

*Sobre la autora

Aldana Soledad Latella nació en Buenos Aires en el año 2008. En el 2025 terminó sus estudios secundarios. Tiene algunos cuentos en su haber y desde hace un tiempo trabaja en su novela Heredera de las estrellas. La novela está ambientada en un mundo original donde la raza predominante carga con una condición natural que los obliga a reprimir sus emociones para no transformarse en monstruos. La historia sigue a una princesa dentro de un universo con distintas razas y mitología propia. Se desarrolla a partir del conflicto, la magia y las decisiones de los personajes. Aldana Soledad Latella es amante de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Una de sus autoras preferidas es Victoria Schab y entre sus libros Una canción salvaje, es su favorito.

Sobre el autor

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