Cultura

Quiero retruco

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Escrito por Administrador

* Cristian Sánchez

Levantó la tapa y se vio en el agua estancada del inodoro.

— La puta que te parió Narciso. – dijo, y se acomodó el mechón de pelo que de pibe supo tener pero que ya no tenía – El pelado forro ese que se me mete en la zapie dijo que quedé solo por otario.

El tipo bajó el cierre de la cremallera de su pantalón. Sacó una bombucha a medio llenar y la pinchó para soltar. Meó apuntándole al que le hablaba en el reflejo del agua. Riendo, soltó hasta vaciar.

— Me contó un querubín que tu vieja se fue de gira, que le bajaron la persiana y no le dieron tiempo de terminar el partido.
— Se fue y se llevó las manos.
— Quedaste Solo. Sin la vieja y sin la paloma…
— No era paloma. Era harpía. Bien hija de puta. Me metió un pata de lana en la catrera y no hice nada. Un carajo hice. “Ricardo no es lo que vos pensás, no es lo que vos creés”. La puta que te parió. Qué es lo que tengo que pensar Paloma. Si te están entrando con más hambre que un pibe que hace esquina en un semáforo. Qué decís.

Ricardo abrió la boca y se miró en el botiquín sucio del baño, los únicos dos dientes que tenía. Dos palotes flotando en una encía amarilla y un dedo anular asomando por la cremallera de un pantalón. En el agua estancada del inodoro, Narciso volaba sobre las horas pisadas de Ricardo.

— Te cansaste de meter los garfios. Y tuviste más flores que una piba de quince.
— Hasta que me agarraron.
— Y te dieron vuelta la jeta. Y te llenaron de bifes. A las cartas, que volaron por el aire, le salieron alas. Como gaviotas planearon y dando vueltas aterrizaron muertas al piso.
— Me mataron los pájaros…
— Y te dejaron con la cara cortada, Escarfeiz. No hubo más morlacos que los que aprendiste a pedir en la yeca. Porque en el barrio ya te junaron de vivo. Y nadie te pasó más cabida.

Tenía ojos de perro Ricardo. Empalagaba, el brillo en su mirada. Había algo dulce y apesadumbrado. Algo repugnante y maduro que mordía, que venía del fondo de la locura que lo movía entre los trastes tirados de su casa. Parecía hacer equilibrio yendo a la cocina.

— ¿Dónde están los puchos? Qué cabeza.
— ¿Y dónde los dejaste? – preguntó el otro desde el fondo de un espejo ovalado, junto a la alacena, en la cocina.
— Qué voy a saber pelado. Si supiera no estaría preguntando.
— ¿Qué decís? Acá el único cabeza sos vos.
— Mirá el mechón de pelo que tengo gil.
— Ese no sos vos, payaso. Ese es el otro. El que ya no es.
— Qué venís con acertijos boludo. Búscame los puchos, andá.

La puerta que daba al pasillo estaba abierta. Llovía. Los pisos estaban mojados. El tipo de ojos de perro patinó y casi se cae.

— La concha tu hermana.
— Acá están – se dijo desde el espejo que le devolvía la imagen.
— Dámelos pelado.
— Tomá. Y tomá los fósforos también. O pensás prenderlo con la pija muerta esa que tenés ahí.
— Dame los fósforos y desaparecé.

El tipo se puso un cigarro en la boca e hizo correr el extremo rojo del palo que tenía entre los dedos por el borde negro de una cajita amarilla. Vio el fuego en el reflejo del espejo que colgaba junto a la alacena. Una cucaracha caminaba, fuera del óvalo enmarcado.

— Te dije que rajes de acá – gritó y arremetió con todo. Con sus manos cerradas en dos puños, rompió el vidrio. La cucaracha se metió tras la alacena – la puta que te parió.

Vio la puerta abierta que él mismo había dejado la noche anterior. Fue y la cerró de un golpe.

— Estoy harto que se me metan en mi casa. Mirá cómo dejaron todo roto.
— Te quieren ver tirado – dijo el pelado desde el vidrio trillado.
— No soy trapo, pero en mi casa siempre soy el otro…
— En el bar del polaco el otro es el rabón.
— Y la ronda de Legui la paga el que duerme afuera, en las malas.
— Allá te dejaron tirado en un rincón, con la cara llena de dedos, después de un pica pica.
— Y con la ceja abierta como una boca…
— Tu vieja grita tu nombre cuando te vas con los pibes.
— Ricardito vení que no te voy a hacer nada, dice mi vieja.
— Pero un día se mudó de barrio. Y ya no hubo tantos para el envido.
— Y ahora quiere flores de plástico como centros de mesa.
— Se piantó para siempre…
— Y se llevó esa manía que tenía de decir las cosas con las manos…
— La mesa era chica, pero cabían los seis.
— Hasta que se dieron cuenta y me cagaron a palos. Una decena de tipos.
— A nadie le gusta que le metan la mano en el bolsillo.
— A mí me metieron un pata de lana y les caí zarpado de mariposa. Una mañana que me rajaron del laburo. Y no hice nada. Los dejé ir. Como en un tango mal cantado, dejé que se vayan. Narciso dice que fui un salame y que tendría que haberlos descocido a tajazos de lata con la cuchilla esa de cortar carne.
— Y tiene razón.
— La concha de tu madre, pelado. Qué decís. Mi vieja se fue llevándose todos los cachetazos habidos y por haber. Solo y roto quedó Ricardo.
— Ricardito decía tu vieja…
— Lleno de resacas viejas me dejaron. Me dieron pastillas que tiré al inodoro, ahí donde se asoma el fulano ese de la mitología para pedirme que entre, como si fuese su casa. Se cree que soy boludo.
— Te tirás el mechón de pelo hacia atrás cuando lo ves. De puro rana. Detrás de la oreja te lo ponés para que no te tape los ojos mientras lo ves o lo invocás.
— Qué mierda me puede decir que ya no sepa. Por eso saco la pija y lo meo de arriba. Le borro esa sonrisa burlona con el meo amarillo de viejo choto al que se le escapan los días por la rendija del tragaluz.
— Te quedan noches en la cuenta. Ya nadie fía días ni soles.
— Por eso hay cucarachas. Porque siempre es de noche. Los bichos salen con la luna llena y caminan por las paredes. Comen la mugre que vos les dejás.

Otra cucaracha salió de la alacena. Para Ricardo era siempre la misma. Trepó por la pared. Quedó estática a media altura. Dos antenas negras moviéndose. Ricardo se había sacado una chancleta cuando escuchó, otra vez, la voz de Narciso.

— Vení. Dejá ese bicho y vení.

Una mano en alto, terminando en una ojota negra y embarrada. Dos ojos de perro mirando a uno y otro lado.

— Qué querés Narciso.
— Es hora de volver.
— Quiero retruco. Y quiero vale cuatro…
— Tu vieja está cabrera y quiere que vuelvas y que pidas perdón.
— Paloma y la concha tu hermana. Qué decís.
— Que tenés que cruzar la calle Ricardo y dejarte de romper las pelotas. Ya estás grande para hacer boludeces.
— Tengo miedo…
— Vení que no pasan autos a esta hora. No hay nadie en la calle. Dale. Cruzá ahora.
— Pero no sé quién soy…

Ricardo se quedó mirando a la cucaracha. Sintió que ella tenía algo para decirle también. Las antenas viraron y dos ojitos como cabezas de alfiler negro quedaron de frente.

— Hacele caso gilastrún. Dale que tu vieja te espera – dijo el bicho moviendo sus alas traslucidas – Cruza ahora que no viene nadie.
— Zarpado de mariposa les caí y los dejé ir.
— Dale… andá de una vez.
— Paloma y la puta que te parió. Me metió un pata de lana en la catrera…
— No tenemos todo el día Ricardo.

Ricardo escuchó su nombre en boca del bicho de coraza negra. levantó los ojos. Dos cabezas de alfiler y dos ojos de perro. La mirada de la cucaracha no cedió en ningún momento. Ricardo asintió. Movió la cabeza de arriba abajo y llorando enfiló hacia el baño como un niño al que castigan y lo ponen en penitencia.

*Sobre el autor

Cristian Sánchez nació en San Fernando en septiembre de 1977. Trabaja desde el año 2001 como profesor de prácticas del lenguaje y literatura en distintos colegios de Malvinas Argentinas. En el año 2021 publicó un libro de cuentos llamado Las bestias y en el 2023 otro, llamado La lengua de Ligeia. Ambos de forma independiente.

 

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