Cultura

La última aventura de Batman

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Escrito por Administrador

* Marcelo Collazo

Ese domingo Batman llegó temprano. Sabía que en otoño, en cuanto bajaba un poquito el sol y empezaba el fresco, las madres agarraban a los pibes y se los llevaban de la plaza por más que patalearan.

Cosas más, cosas menos, siempre hacía la misma rutina. Venía a medio disfrazar, con la máscara enganchada en el cinturón, a mano por si aparecían de golpe los chicos. Dejaba la mochila detrás del banco, y empezaba a sacar las cosas de adentro de un bolso que le había quedado de algún trabajo en una fábrica (tenía el logo gastado y no se distinguían las letras). Sacaba las maderitas del bastidor casero, lo armaba y lo dejaba a un costado. Después sacaba los paquetes con los globos y la garrafita de helio. Primero inflaba los largos, los que luego usaba para hacer los diferentes animalitos. Después los decorados y los que tenían los escudos de los equipos de fútbol más conocidos. Por último las máscaras caseras para que los chicos jugaran en una foto a ser sus aliados en la lucha contra el mal. Uno a uno los iba enganchando en los clavos del bastidor, hasta que al fin la escenografía quedaba armada.

Yo solía ir a la plaza los domingos por la tarde. Caminaba por la avenida y me sentaba un rato del lado que daba más el sol, justo de frente a Batman. Prefería estar ahí, ver pasar a la gente. La tarde en casa en la soledad del otoño se me hacía muy larga, como una espera de algo que se sabe que nunca va a pasar. Me entretenía observando. Miraba y anotaba cosas a partir de las caras de la gente, de cómo se movían. Todo me servía para escribir mis historias. Soy bueno en eso. Casi todo lo que escribo son historias tristes, quizás porque todo lo que encontraba a mi alrededor lo era. La plaza se convertía en un oasis donde todos iban como para esquivar un poco el agobio de la semana, de la vida. Porque las plazas son eso, no me gustan mucho porque sobre todo en las ciudades grandes va a parar la gente que está sola, se busca el aire que no hay en casa, ahí donde la soledad te ahoga. Yo anotaba todas esas tristezas e imaginaba las historias detrás de esos gestos, de esas miradas que se perdían vaya a saber dónde. En el interior capaz que es distinto porque te vas a tomar unos mates y siempre te encontrás con alguien conocido, vas para eso. Acá no. Acá es para escapar o buscar un alivio de quien sabe qué. Y yo era uno más. Pero esta plaza era distinta porque estaba él…

Pero volvamos a lo importante. Al rato, poco después de las tres de la tarde, la plaza empezó a tomar color. Cuando Batman escuchaba los primeros gritos de los chicos, tomaba la máscara, se ponía de espaldas, se la calzaba, se ataba la capa, inflaba el pecho y al girar su postura era otra. Hasta parecía más alto. Era Batman y les hablaba a los pibes como tal. Antes de arrancar, creo que como una cábala, inclinaba la cabeza en un saludo cómplice, como en un ritual, hacia mí. Nunca habíamos cruzado palabra, pero yo respondía a su saludo. Quizás le traía suerte.

Y ahí empezaba su magia. Hay que reconocer que su cuerpo no lo ayudaba: desde las botas gastadas hasta la máscara eran incontables las imperfecciones, los parches mal hechos para ocultar el paso del tiempo, para mantener las orejas del murciélago lo más dignas posibles, al menos venciendo la gravedad. Lo que semana a semana se le hacía imposible ocultar un abdomen que de a poco estiraba más el traje gris, mientras que el protagonismo del baticinturón se perdía y dejaba al pantalón gris cada vez más pequeño bajo el peso de los años. Pero no dejaba de ser digno. Creo haber pasado horas, a costa de no observar otras cosas, mirando su magnífica actuación. Escuchaba los requerimientos de cada chico con los brazos en jarra, serio. Gesticulaba con dureza cuando se hablaba de los villanos, movía su maltrecha capa con maestría.

Pero como todos los amantes de las historias de superhéroes sabemos, siempre aparece un villano que lleva al héroe al borde, que lo hace dudar, que le exige un sacrificio supremo. Y esta vez el villano fue letal. Disfrazado como un inquieto niño de no más de siete años, venía arrastrando a un padre de domingo que no dejaba de ver su celular. El nene pedía algo en cada puesto y papá, sin dejar de mirar la pantalla, sacaba plata del bolsillo y pagaba. Cuando el villano lograba soltarse de su carcelero corría desaforado, mostraba su poder. Hizo gritar al padre cuando empezó a hacer un magistral equilibrio en el borde de la fuente. Como buen servidor del mal no le importó patear la migas que un abuelo le daba a las palomas, mucho menos desbaratar la bolsa de golosinas de una pequeña. Para evitar escándalos, el padre iba resarciendo los desastres con disculpas y compensaciones. Pero todo cambió cuando el pequeño malvado divisó a su peor enemigo.

Corrió y se paró frente a Batman. Lo observó durante largo rato. Su pasividad tranquilizó al padre quien creyó con inocencia que podía dejarlo solo. Cuando el héroe atendió los requerimientos de todos sus admiradores, entre globos y máscaras, se encontraron frente a frente. Batman se acercó al niño manteniendo su mejor pose y le preguntó qué podía hacer por él. No hubo respuesta. Ante su silencio Batman bajó la guardia: inclinó su cuerpo, apoyó las manos en sus rodillas y quedó cara a cara para volver a preguntar. Había caído en la trampa. El enemigo caminó hacia un costado, estiró su mano hasta tocar sin pudor el abdomen del héroe y preguntó:

– ¿Hace cuánto que no peleas? –

El golpe fue decisivo, mortal. Batman quedó paralizado. No recuerdo que ni siquiera el Capitán Frío hubiese logrado tal éxito en sus mejores momentos. Pero el villano no imaginó un contraataque. Batman se incorporó lento. Miró al padre del chico, quien esbozaba una sonrisa difícil de ocultar ante la ocurrencia de su malvado descendiente. Fue el golpe final. El héroe se arrancó la máscara, giró hacia el niño y se la arrojó sobre la cara en un gesto de absoluto desprecio. Los otros chicos quedaron paralizados. El que hasta hace un momento había sido Batman fue hacia su bolso y buscó su último recurso, el arma que sólo usaría en un final inevitable. Las máscaras fueron arrojadas al piso y aplastadas sin piedad. Con una pequeña tijera pinchó uno a uno los globos de su atril y otros tantos ya en manos de los pequeños que estaban a su alcance. En medio de la indignación general, del llanto de los niños y los insultos de algunos padres, Batman hizo un giro en el que desplegó magistralmente su capa para luego emprender una retirada magistral. Pero aquello no terminó ahí.

En medio del llanto de algunos niños y de la desaprobación de varios adultos, por sobre el murmullo se alzó fatal la voz de un padre que debió haber pensado en su ilusoria inocencia que era el momento de convertirse él en el héroe de la historia:

– ¡Tomatelá, gordo puto! –

Las botas gastadas de Batman se clavaron en el piso y giraron hacia el agresor que, plantado en una sonrisa triunfal, apuntaba con su pera desafiante a su víctima, envalentonado por la arenga de los cobardes. Pero el andar seguro del héroe le fue borrando el triunfo rápido, hasta que al fin lo estuvieron frente a frente. No hubo tiempo para palabras, solo un esbozo de insulto que se ahogó en la derecha perfecta que aplicó Batman en el mentón de aspirante a villano. Ustedes entenderán: a la perfección de ese golpe sólo le faltó la onomatopeya para ser digna del mejor comic.

Fue la última vez que vi a Batman, alejándose vencido hacia la esquina con los oídos lejos de los insultos de varias madres indignadas, volviendo al anonimato entre la gente antes de que algún agente de policía llegara a aplicar una justicia que ya estaba decretada. Volví a la plaza los domingos siguientes, con la esperanza del regreso, de la revancha. Pero no fue así. Hasta creí verlo alguna vez sobre su Volkswagen Gol desvencijado, con el brazo colgando de la puerta, un cigarrillo entre los dedos y los ojos fijos en su territorio perdido, como buscando rastros de su enemigo. Imaginación y deseos, mala combinación. Definitivamente Batman había sido aniquilado en su último duelo, junto con mis esperanzas de un mundo repleto de superhéroes.

* Sobre el autor

Marcelo Collazo nació el 24 de agosto de 1968 en la localidad de Vicente López. Hace más de veinte años se desempeña como profesor de Lengua y Literatura en colegios secundarios del conurbano bonaerense.

En el año 2015 publicó en forma independiente su primer libro de cuentos: “Desde la Sombra”.

Participó con sus obras en antologías de la Editorial Niña Pez y de la Asociación de Escritores Independientes de Malvinas Argentinas. En el año 2023 publicó su segundo libro de cuentos “Historias de la noche callada”.

Sus textos también pueden leerse la página web www.desdelasombrablog.com y se puede escuchar su podcast de literatura “La última noche del mundo” en Spotify.

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