Cultura

La palabra “Amanecer”

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Escrito por Administrador

* Luis Carlos Aguirre

Ella tenía la rara capacidad de inventar realidades o contar hechos reales como si fueran una leyenda antigua. Podía dibujar en el viento una revolución de caricias morenas y suaves como su melena.

Aquel año 78 fue tan intenso que parece que hubiera tenido setenta meses. Hacía pocos años (en realidad dos o tres, pero a los veinte años nos parecía “mucho tiempo”), gracias a las revistas literarias de mediados de los sesenta, que habíamos descubierto, nos fue revelado Jack Kerouac y sus caminos.

Esas lecturas y los discos de rock, nos inspiraron a algunos locos de diferentes barrios de las afueras de la ciudad, a editar  “La Rosa Blanca”, una inocente publicación literaria con un título aparentemente romántico, casi de folletín. Sin embargo era el homenaje que estos pocos muchachos de América del Sur hacían a un grupo de estudiantes valientes que, desde una publicación con el mismo nombre, enfrentaron al nazismo en su etapa de mayor poder e impunidad. También nos lanzamos a los caminos y “rutas argentinas” (al ritmo de Almendra). Con la idea de conocer  en persona a los amigos que habíamos cosechado por correspondencia, los micros doble camello y los trenes ruidosos nos fueron llevando a la aventura.

En una de las ciudades universitarias, esas maravillosas herencias que nos había dejado el siglo XIX, vivía Verónica. Su piel morena, sus labios y su indescriptible manera de decir la palabra “amanecer” la instalaron en mi corazón para siempre aunque nuestra relación duró pocos meses, su mirada está en el horizonte de mis ojos desde entonces y será así mientras viva.

Día por medio viajaba dos horas para verla. Su padre había estado en el gobierno de la provincia con un cargo importante y había tenido que exiliarse para salvar su vida. En aquel tiempo las “internas” del peronismo en el gobierno, se resolvían a los tiros. Vero y su familia trataron de seguir sus vidas con la mayor “normalidad” posible. Esta circunstancia, a los “poetas intrépidos”, que éramos, nos parecía apenas una anécdota, un detalle de color. No teníamos conciencia de  la dimensión de la tragedia en la que estábamos inmersos ni en la pesadilla que vendría en pocos meses.

Como era natural, después del secundario, ella ingresó en la Universidad en la carrera de periodismo. Su capacidad para captar una historia en cualquier episodio que viera, entiendo hoy, era un talento natural y ella, como los siervos de la parábola, haría rendir ese “talento”, el “ciento por uno”. Fuí más modesto e ingresé a un profesorado de lengua y literatura con la simple idea de conseguir un trabajo no muy alejado de mis pasiones.

Ya hacía dos años que una locura de vientos inciertos se había transformado en una dictadura con todas letras, aunque se hacía llamar “Proceso de Reorganización Nacional” como una ironía mortal que incorporaba a Kafka [1] en la rutina diaria. Como el pobre Joseph K, todos estábamos bajo sospecha y los de melena suelta o barba incipiente, más todavía. Ni hablar de las muchachas universitarias. Todos “procesados”.

Como en la ficción (¿ficción o profecía?) de Orwell [2] , los habitantes de estas tierras se apasionaban por los juegos, así que en ese año tan largo, comenzó un campeonato de fútbol internacional en el país sudamericano en el que desarrollábamos nuestros amores.

Una materia fue la excusa que usó Vero para una investigación sobre los sentimientos populares durante esos días. Por supuesto, la acompañaba, como un asistente devoto, a sus entrevistas. En plena calle, en las filas para entrar a los estadios, en los festejos de los simpatizantes. Le llevaba el bolso, le ordenaba los cassettes, disfrutaba de su melena, de sus labios, de forma de decir “amanecer”.

Esa noche no volvimos a nuestras casas. Esa noche conquistamos nuestros cuerpos en una danza que no conocíamos pero que, sin cálculos, con pocas palabras abrió la puerta de las estrellas y de la vida. No olvidaré su piel, su voz, sus gemidos y su olor. Finalmente supimos qué significaba “amanecer”.

Pero no todo era como parecía. Mucho después tomé conciencia que una persona nos estaba siguiendo, durante casi todo ese día alguien estaba siempre cerca. Este detalle lo tomo en cuenta ahora, muchos años después.

Amanecimos hermosamente entrelazados en un hotel, el nuevo día sería tan distinto, tan onírico y loco que, pasado tanto tiempo, me cuesta reconstruirlo sin temblar.

Estábamos desayunando en un bar cerca de la terminal de ómnibus cuando, sin aviso, se sentó un muchacho en nuestra mesa. Era un compañero de la facultad de Vero. Ni siquiera saludó, venía con un café en las manos y una mirada que no olvidaré, como nunca podré olvidar esos días.

“Mirá pibita, mi misión es vigilarte, informar qué hacés y con quienes andás. Escuchá bien porque no tengo tiempo. Hoy voy a avisar que te perdí de vista, que no estás en la ciudad, que, pareciera que te fuiste del país. Sos demasiado linda para que te pase lo que te va a pasar. Vos, pibe, hacete cargo y tomatelas también, no vuelvan. Me juego la vida con esta conversación, no me pregunten nada. Saquen dos pasajes del ‘Río de la Plata’ [3]  y váyanse, ahora”.

Ella parecía paralizada, intentó hablar de su madre, de su familia, de su carrera. “Es tu vida, nena. No vayas a tu casa, te están esperando en la esquina. Andate y olvidate de esta cara, andate, ahora.”  El tipo se fue.

Le agarré la mano, “vamos”, es lo que pude decir. Fuimos a la terminal y subimos a un ómnibus que estaba a punto de salir. Casi todo el viaje hacia Buenos Aires fue en silencio. Pocos monosílabos y unas caricias suaves, con temblores de despedida.

Tenía que pensar qué hacer. A casa no podía llevarla, el viejo nos hubiera echado a los dos. “La monja” como le decíamos los muchachos a la Hermana Eugenia, una maestra de novicias de un convento del pueblo, muy abierta, un verdadero ejemplo de la acción del Concilio sobre muchos religiosos de aquel tiempo. La podía “camuflar” como aspirante a novicia por unos días. Aunque Vero se jactaba de un ateísmo irredento, la hermana Eugenia logró hacerle entender (a mí también que estaba muy asustado) que no podía enfrentar a los molinos de viento y le aconsejó, la convenció, del exilio. El tema a resolver era adónde y cómo. No éramos parte de ninguna “organización” o partido, nada. Su padre estaba fuera del país pero no había contacto con él. Se suponía que en Venezuela que, por aquellos años era un país democrático. Por aquel tiempo, de más está decir, no eran fáciles las comunicaciones con otros países. Las líneas telefónicas eran fáciles de intervenir por los servicios de espionaje y el correo postal mucho más aún.

La monjita fue contundente: “acá no puede estar mucho tiempo más, la encontrarán”. “Te voy  a conectar con una persona que tiene ‘amigos’ que pueden ayudarte. Lo conocí hace unos años cuando ayudaba al Padre Hugo con los chicos de los vagones de tren en Retiro [4]. En un par de días lo podré ubicar”.

A los dos días había encontrado a Jorge Molina, un ex diputado que vivía en un pueblo de la provincia, en General Heredia. Verónica quedó en el convento, fui solo a verlo. Un hombre sencillo y muy austero, nos encontramos en la estación y, aunque tomamos un café en el único bar que ví, la charla la tuvimos caminando por la ciudad, en un banco de la plaza, evitando los lugares cerrados. Me dio el nombre de un funcionario de la embajada de Venezuela y me aconsejó que, una vez que ella partiera, me fuera yo también, al menos que saliera de la provincia. Cuando me decidí a contar esto, sabía que Molina había pagado con su vida la ayuda que brindaba a los perseguidos en aquel tiempo de pesadilla..

¿Usted ha escrito: ‘Tenemos presente la historia, los hechos, los días, el hombre con el pan al hombro (César Vallejo), los golpes de estado, las guerras con los pueblos hermanos y pretendidas reorganizaciones. Queremos la paz, no al reclutamiento para luchar contra Chile’? Este texto está publicado en una revista clandestina de la que usted es responsable, ¿verdad?”  Le dijo a Vero, en la embajada, el cónsul que nos recibió a pedido del Sr. Molina. Ella lo admitió con un gesto, no sé si estaba asustada o enojada pero casi no habló en esa entrevista.

Señorita, quiero que entienda que está usted entre amigos, nuestra intención es salvar las vidas que puedan salvarse. Usted está en una lista de personas que son buscadas para ser detenidas por el gobierno. Lo sabemos por nuestros funcionarios de inteligencia.” “No puede usted salir de esta delegación diplomática, su vida depende de ello”

“Y usted joven”, me dijo. “procúrele algo de dinero y pídale a la familia una mínima provisión de ropa. Nada que supere una maleta pequeña. Mientras tramitaremos un salvoconducto para poder sacarla del país. Por favor, usted cuídese también, sea discreto”.

Los amigos juntaron algo de dinero que tuve que cambiar a bolívares. Estaba, en la embajada, alojada en una oficina, durmiendo en un sillón. Parecían buena gente pero era vivir una pesadilla. Una tarde, el funcionario de la embajada fue categórico conmigo: “Joven, usted no puede volver a verla, no es conveniente para su seguridad ni para nuestro trabajo. Las autoridades del gobierno saben que ella está aquí por la solicitud de asilo. Despídase y, por su bien, no se haga ver por los lugares que ella frecuentaba, no llame por teléfono a la casa de la madre tampoco”.

Sin pensar, volví a la oficina adonde estaba Vero para abrazarla. El último abrazo, no volvería a verla. De ahora en adelante todas las mañanas de mi vida serían un símbolo de ausencia.

Recién un mes después me crucé, como de casualidad, con su hermana a la salida  de su trabajo. Me contó que, luego de una semana de mi último encuentro en la embajada, había partido en un avión desde Ezeiza. La madre pudo verla cinco minutos, con un militar argentino y uno venezolano como testigos. No pudieron despedirse a solas. Solamente sabían que había llegado bien a Caracas pero no tenían noticias directas.   Me pidió que no fuera a verlas, que tenían miedo, que me cuidara mucho. Tres cuadras de conversación para un adiós al adiós, para que me acostumbre al silencio.

Conseguí un trabajo en una empresa maderera y fuí a vivir a Misiones. Cuando pude, como pude, continué mis estudios de profesorado de literatura. La Rosa Blanca continuó apareciendo, callejeando poesía en los empedrados de la censura y la mediocridad. No integré más el núcleo de sus editores, solamente colaboraba, cada tanto, con algún comentario de libros o traducciones de poetas brasileños. Mis escritos personales quedaron anclados a su melena y tuvieron un destino de cajón de escritorio. De a poco fui consiguiendo horas en la docencia y pude dejar la empresa de maderas.

En 1984 dimos sepultura a la revista. La Rosa Blanca había atravesado los “años de plomo”.  Lloramos y brindamos por los amigos que no estaban, que habían “partido” (“de susto, de bala o vício” como canta Caetano).  Salió un número especial de despedida con un poema de ella que conservaba entre mis cosas. Entonces, solitario como soy, pedí licencia y tomé un avión a Caracas sin otro dato ni objetivo que encontrarla.

Llevaba la dirección de un poeta con el que me había carteado durante años puesto que Vero nunca me había escrito ni enviado noticias. Fue más generoso de lo que esperaba en mi búsqueda. Eran tiempos en que la comunicación era más compleja, sin embargo en América del Sur había un gran sentimiento de solidaridad con los países que salían de gobiernos autoritarios. Corrían vientos de hermandad que, con el paso del tiempo y “el filo de los billetes” se irían desdibujando.  Como era de esperar, Vero se había dedicado al periodismo según fui averiguando. Al principio con un compromiso solidario con otros perseguidos y luego, con una orientación profesional, al mundo de la cultura. Sus simpatías se volcaron al nuevo feminismo y sus reivindicaciones. Cambió su apellido, su peinado, su nacionalidad y fundó una empresa editorial.

No pude comunicarme con ella ni verla. En la recepción de la editorial fueron categóricos: “la señora Verónica no recibe a nadie”. No hubo explicaciones, silencio y frío, espantoso e incomprensible frío caribeño.

Puedo afirmar que aquella noche de 1978 había cambiado dos vidas. A Vero la volvió crisálida, cambió de patria, de apellido y de peinado. Convertida en mariposa desplegó sus colores por vientos diferentes.  A mí me volvió un ermitaño que viaja, huraño, de mirada larga y esquivo para los amores.

Volví de Caracas, saqué mis papeles del cajón del escritorio y los quemé prolijamente.

Luego, en la mesa de un café, en Av. San Martín y Mosconi, empecé a escribir nuevas historias con hechos y “sucedidos” que se me habían prendido a la ropa a través de los años.

Nunca volví a escuchar la palabra amanecer como en aquel año tan largo.

***

[1] Hace referencia a la Novela “El proceso” de Franz Kafka.

[2] George Orwell, “1984”. Novela de anticipación escrita en 1932 anticipando el dominio de toda la sociedad a través de la televisión (que recién comenzaba a conocerse), alienándose con juegos permanentes transmitidos por un televisor que no podía “apagarse” y, a través del cual, las personas eran vigiladas aún en su intimidad por “el gran hermano”, misterioso gobernante dictatorial.

[3] “Transportes Río de la Plata” empresa de transporte de pasajeros de media y larga distancia que funcionó hasta los años noventa del siglo pasado.

[4] Un sacerdote y una laica consagrada que recogían chicos de la calle y los alojaban en viejos coches de trenes retirados de servicio en la estación Retiro.

*Sobre el autor

Luis Carlos Aguirre nació en Posadas, provincia de Misiones en 1956. Transcurrió allí su primera infancia hasta 1963 en que su familia se establece definitivamente en San Miguel y al año siguiente en Bella Vista, entonces del partido de General Sarmiento en el noroeste del Conurbano Bonaerense. Realizó sus estudios primarios y secundarios en La Plata y diversos establecimientos de la zona.
Entre 1974 y 1984, junto a Daniel E. Serra, edita la revista alternativa Antimitomanía. Esta publicación ha marcado una época en su género, organizando encuentros y recitales literarios que reunieron a escritores y editores de todo el país y algunos países vecinos. En 1978 edita el cuaderno de poemas APUNTES EN LA TIERRA.
Entre 1989 y 1994 crea y conduce, junto a su amigo Héctor D. Suárez, el programa radial NOCHENAUTAS, que obtiene dos veces el premio Sin Anestesia. Suma a su pequeña actividad cultural un dilatado compromiso en la militancia política, desde 1982, en la Unión Cívica Radical, partido al que representó como concejal de su distrito. Desde 2003 dejó la militancia política para abocarse a la edición de la publicación poética PARADECIR (que aún subsiste en formato digital) y a criar a sus hijos más pequeños. En 2004 publicó su segundo poemario RONDAR POR LOS ANDENES (O DIARIO DE UN EXCLUIDO) en el que expone sus vivencias durante el tiempo en que estuvo sin trabajo. Participó en la Antología POESÍA Y POETIZAR Vol. 1 editada por Daniel E. Serra a partir del ciclo “Ediciones del Último Sábado” en el programa “Rock que me hiciste bien” de Miguel Grinberg (Radio Nacional). En 2020 publicó el poemario “HIERROS BAJO LA LUNA” en la editorial independiente “Loquevendrá Libros”. En 2022 publicó una colección de cuentos, “12 INFORMES PARA UNA HISTORIA Y OTROS CUENTOS”, también en el mismo sello editorial con la inestimable edición de Clo Migliore. A partír de éste trabajo ha encarado su propio sello editorial: Ediciones Paradecir. En octubre de 2025 presentó su libro “POEMAS LIBRETARIOS”, con material de tiempos inciertos y apocalípticos. Algunos de sus cuentos y poemas ha recibido distinciones en los Juegos Bonaerenses de los años 2022, 2023 y 2024. Desde hace muchos años espera ser designado embajador en Transilvania, mientras llega el nombramiento, vive en San Miguel en la provincia de Buenos Aires. Habla con “elle”.

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