*Juan Borges
La noticia me arrasó por completo. Nunca imaginé que mis tres hijos, ahora adultos habrían pasado por tan terrible situación en su niñez.
No supe que hacer al enterarme. Un hombre como yo que creía tener todas las certezas y las vivencias. Me sentí culpable y vulnerable por no haberlo advertido antes. La culpa comenzó a torturarme.
Cuando me lo contaron hicimos todo lo necesario para que el perverso monstruo pague. Sin embargo una vez más entendimos que no hay ley para los humildes. Al menos debería haber justicia.
Estaba atravesado por el dolor. Se instaló en mi pecho como una serpiente que come cada víscera, cada órgano poco a poco. Entendía que ese flagrante dolor no se iría nunca. La culpa de no haber estado allí me enfermó.
La impotencia de no tener las palabras justas para contenerlos. Aunque ellos tres llevaban ese dolor con mucha valentía. El cobarde era yo.
Quien debía hacer justicia por mi propia mano para hacerle pagar al monstruo el daño provocado.
Imagine sus tres rostros llorando por las noches en soledad. Pensé en la triste escena y al perverso sonriendo. Mis ganas de exterminarlo fueron sofocadas por mi cobardía y el temor de terminar preso.
Poco a poco fui enfermando. Decidí saborear ese veneno silenciosamente.
Entre mis pensamientos más recurrentes estaba el de asesinarlo cruelmente y sin aviso. También ensaye crímenes sutiles y mediados. Todos, ambos me llevarían al infierno de la prisión.
Por mi egoísmo y mi indignidad preferí no hacer nada. Quedarme en silencio, muriendo de dolor y de cobardía.
Sin embargo todo tiene un costo en el camino al infierno. El atreverme a hacer justicia me hubiera llevado a la cárcel, pero el no atreverme me sumergió en un sentimiento amargo de indignidad.
Lloraba en silencio, me encerraba para que nadie me viera. En la calle estaba disperso y en más de una oportunidad fui presa de posibles accidentes.
Me avergonzaba al mirarlos a los ojos. Ellos estaban fortalecidos y en un estado de naturalización, tal vez fruto del tiempo transcurrido. En mi caso la obsesión persistía, se hacía incesante y tortuosa.
Ese año fue eterno. Realizaba mi trabajo con inercia. Estaba con mi nueva familia disimulando mi dolor y mi muerte lenta.
Cuando cumplí los 50 años nos juntamos toda la familia. Mis tres hijos mayores y mi nueva esposa con nuestra hija pequeña. Fue una jornada agradable después de dos años de tanto tormento en mi interior. Mis hijos me llevaron un regalo que en la primera impresión resultó llamativa. Era una caja envuelta en un fino papel. Cuando lo abrí allí adentro había un fino pero sólido y viril cuchillo. Un elemento cortante muy concreto. Su mango estaba ornamentado con símbolos campestres de la pampa muy visibles. Era una fina pieza. Con una delicada terminación en su mango y un notable brillo en su hoja, ese detalle indicaba el prominente filo del cuchillo.
Me mostré sumamente agradecido. Sin embargo permanecí pensativo. Era un mensaje subliminal el que me estaban dando. Tal vez atormentado por mi paranoia lo tomé con ese sentido. Después dejé de cavilar y lo guardé en un Placard con mucha seguridad.
A los dos meses de mi cumpleaños una tarde saliendo de mi trabajo un intenso mareo me tiró en la calle. Sentía un vértigo que jamás había padecido. Llamaron a una ambulancia los vecinos del barrio que me conocían y advirtieron la situación.
Me llevaron de urgencia al hospital más cercano. En el viaje estaba solo. Mi esposa no estaba al tanto, ni mis hijos de lo que estaba sucediendo.
Me acostaron en una cama en la guardia del hospital, comencé a vomitar mucho. Tenía mucho frío. Sentí miedo de morir. Ese lugar era sombrío y mi vulnerabilidad era inmensa. Estaba desorientado. No sabía la razón de aquel vértigo. Me inyectaron algo para calmar mis náuseas. Después llegó mi hijo para traerme una frazada porque estaba temblando. Lo abracé. No quería que se vaya y me dejará solo. Debía irse.
Mis pertenencias las llevo y tan solo me quedaron en el bolsillo el celular y mi billetera sin dinero. Las enfermeras comenzaron a tomarme los signos vitales. Hacían lo que podían en un hospital víctima del vaciamiento como todos los demás.
Al día siguiente vino mi esposa a visitarme. Me sentí seguro. Ya no estaba tan solo ni derrotado.
Me hicieron muchos estudios médicos pero no había respuestas. Estuve diez días internado sin tener un diagnóstico claro.
Una mañana con la complicidad de Pablo, el camillero decidí escaparme. Mientras me estaba llevando a una sala para hacerme otro estudio más se distrajo con una verborragica enfermera. Mientras ellos se hablaban y se deseaban yo escapé. Camine despacio hacia la puerta principal. Cómo estaba vestido los hombres que oficiaban de seguridad no percibieron que era un paciente. A la vuelta estaban las paradas de los colectivos. Estaba muy mareado pero hice el esfuerzo. Le dije al colectivero que por favor me llevará y accedió.
Llegué a casa y mi esposa asombrada no entendía que pasaba. Tan solo atiné a decirle – No aguanto más ese lugar, la gente se muere alrededor mío y voy a terminar igual.
Terminé la frase y caí al piso por el vértigo. Acostado ya me sentía mejor.
Estuve dos meses haciendo reposo y asistiendo a mi médica de cabecera. Retome mi tratamiento psiquiátrico que nunca tendría que haber abandonado.
Cuando pasaron algunos meses tomé la firme decisión de matarlo. No me importaba el riesgo ni la pena que podrían darme. Lo haría de una manera que nadie fuera a enterarse. Lo había planificado en esos meses de reposo. Había descendido al séptimo escalón del infierno en esos meses de tanto dolor. Debía terminar con todo aquello. Si no había Ley por lo menos habría Justicia.
Sabía que los sábados por la noche el tipo se quedaba solo porque su esposa se iba a la casa de su madre. Él solía tomar demasiado y ponerse violento y abusivo con ella y sus hijos. Yo sabía por dónde ingresar en plena madrugada y tomarlo por sorpresa. Debía esperar bien avanzada la noche para que esté bien borracho y fuera más sencillo mi acto de justicia.
Llegó el sábado. Eran las 3 y 15 de la madrugada. Ingresé por la ventana del fondo. Estaba detrás de su habitación. Se escuchaba música fuerte. Lo observé por una ventana, estaba casi dormido sobre una mesa todo vomitado. Entré, lo tomé del brazo y lo arrastre hacia su habitación. Apenas se resistió. Le hundí el fino cuchillo en el pecho, una y otra vez. Después comencé a apuñalarlo en el abdomen. Era un baño de sangre su cama. No tuvo tiempo de gritar. Era un cuchillo artesanalmente elaborado que brillaba mucho. Manchado de sangre había perdido un poco su belleza. Lo limpie con las partes de la sabana que no estaban ensangrentadas.
Cabe un pozo grande debajo de la parrilla del fondo. Hacía años que no se utilizaba. Aroma a asados muy antiguos eran opacados por el intenso olor a sangre del animal masacrado.
El pozo debía ser profundo. Lo arrojé bien adentro, envuelto con la sábana ensangrentada. La parrilla estaba alejada de la casa y le arrojé mucha tierra encima para que su hedor nauseabundo no fuera percibido. Cubrí bien cada detalle. Estaba muy tranquilo. No había perros que pudieran hurgar la tumba.
Salí lentamente hacia la calle. Observando que no hubiera testigos. Por la madrugada fría no había nadie a la vista. Me había lavado bien las manos en la zanja. El fino cuchillo lo había guardado en mi morral. Emprendí mi retirada. Tomé un camino alternativo donde nadie me viera.
Después de caminar unas cuadras y casi llegando a casa me senté en el cordón de una vereda. Me sentía cansado. Había hecho un gran esfuerzo. Miré al cielo y una inmensa sonrisa cubrió mi cara.
*Sobre el autor
Juan Borges nació en el año 1972. Docente, escritor y periodista. Desde el año 2006 hasta 2010 participó de la Feria del libro Independiente.

En el año 2008 fundó con otros artistas de zona norte el colectivo autogestivo Humo Suburbano realizando varias presentaciones en el conurbano bonaerense ofreciendo performances poéticas y musicales.
Impulsa el género literario Realismo Suburbano.
Lleva editados los libros: Nacimiento (2006); Noche Roja (2008); Púrpura (2015); Crónicas Suburbanas (2022); La poética de la verdad. Investigación sobre Rodolfo Walsh (inédito); Aullido. Novela breve (inédito)
En el año 2023 fundó su propia editorial llamada Voces Suburbanas donde brinda un espacio a autores del conurbano bonaerense. Actualmente está escribiendo un libro titulado “Vértigo y Tragedias Suburbanas”.
